Pero… ¿Quién manda en el mundo…?
Cambia la forma de ver las cosas, y las cosas cambiarán de forma.
Hubo una vez un pueblo en un país que, como tantos, tenía de especial lo mismo que tantos otros.
En él, ejercía un barbero, de nombre Ernesto, de esos que después se llamaron peluqueros y, al final, estilistas. Pero él, que por formación y calidad profesional, merecía realmente esos títulos, se sentía “barbero”. Como los de antes. Como lo había aprendido de su padre y de sus hermanos mayores, siendo casi un niño.
El negocio, modesto, le iba bien. Honesto y amable, con gran sentido del humor pero prudente, conservaba clientes “de toda la vida”, heredados de su padre, pero también había sabido captar gente joven, que apreciaba sus cualidades. Como nunca se metió en grandes aventuras empresariales, no tuvo sobresaltos económicos.
Siempre al corriente de todas las novedades profesionales, desde hacía unos años, volcaba además su maestría, en perfeccionar las cualidades de un hábil joven, que parecía tener futuro. “Evolución, no revolución, era el lema de su negocio.
Ojo, que hemos dicho de su negocio y solo de su negocio, ¿eh…? porque a nivel personal sí que se sentía un idealista, un auténtico revolucionario, con pensamientos muchas veces incendiarios. Lo que pasa es que, afortunadamente, todo quedaba en eso. Ideas y palabras. Y las palabras solo con los amigos.
Pero un buen día este barbero, cuando ya había sobrepasado la cincuentena, quiso solucionar una duda que, observando lo mal que a su modo de ver, funcionaba todo en el planeta, desde hacía tiempo rondaba por su mente, y que no era otra que ésta: ¿Quién manda en el mundo…?
Porque estaba claro que alguien tenía que ser. Y si él pudiese llegar a conocerlo, pero así, de persona a persona, quizá pudiese “decirle cuatro cosillas…”
La idea fue creciendo en su cabeza hasta que… ¿porqué no…? ¿Podría él, en su modestia, conocer a tan insigne personaje...? Como no se consigue lo que no se intenta, nuestro hombre se decidió a salir de dudas.
Nunca se había tomado unas vacaciones dignas de tal nombre, así que pensó que “ya le tocaba” y, sabiendo que el negocio quedaba seguro en manos de su ayudante, al menos durante un tiempo, decidió tomarse, solo para él, un “verano sabático”. Con tiempo por delante y un objetivo claro, decidió, para no fallar, “empezar por la punta”.
Así que se dirigió a su alcalde, del que por cuestiones ideológicas no se podía considerar amigo, pero que se conocían de siempre, en estos términos:
- Oye Paco, me he decidido a averiguar una cosa y tengo que empezar contigo. Yo sé que tú mandas en este pueblo, pero… ¿mandas también en el mundo…? – la sorpresa del alcalde dio paso a una amplia sonrisa, rayana en la carcajada, y contestó: - Pero… ¿te has vuelto loco, Ernesto…? Mira, yo no mando ni en mi casa, cuanto menos en el mundo…
- Ya. Entonces… - volvió a preguntar el barbero - ¿quién manda en el mundo…? Y… ¿cómo puedo averiguarlo…? –
- ¡Y yo que sé…! ¿Es que quieres presentar alguna queja, a alguien de más altura que yo…? – preguntó, poniéndose en guardia el edil.
- No, no. Qué va. Es simple curiosidad. Cosas y pensamientos míos – tranquilizó Ernesto – pero… ¿a quién le puedo preguntar…?
- Joder, macho. Pues no lo sé. Pero mira, mi jefe superior es el Presidente Regional. Ve de mi parte y pregúntale – dijo cooperador el alcalde.
- Es una idea – se conformó el barbero – Eso voy a hacer. Gracias Paco – dijo despidiéndose.
Dicho y hecho. Viendo que la cosa empezaba a funcionar, Ernesto fue a la capital, pidió entrevistarse con el señor Presidente Regional, el cual, para su sorpresa, lo recibió enseguida.
- Buenos días, señor Presidente. Muchas gracias por su amabilidad al recibirme tan pronto. Como no quiero hacerle perder su tiempo, voy a ir directo al tema que me trae. A mí me han dicho que Ud., manda en todos los pueblos de la provincia, pero… ¿es también Ud. el que manda en el mundo…?
- No, por favor. Y perdone que me ría, no pretendo ofenderle – atendió amable y divertido la autoridad, que no le confesó que, de alguna manera, ya estaba advertido de la visita e intenciones del barbero – Verá. Realmente, yo no mando en los pueblos ni en los alcaldes. En democracia, las autoridades somos administradores, no “mandamases”. ¡Y desde luego no mando en el mundo…!
- ¿Quién es, entonces, el que manda en el mundo…? ¿Ud. lo conoce…? – siguió preguntando Ernesto.
- Pues no. La verdad es que no sé quién es, por tanto no puedo conocerlo. Pero sí sé que yo tengo un superior, que es el Presidente del Gobierno Central. Quizá debería llegarse hasta él – le contestó el presidente autonómico, abriéndole nuevos caminos – Si quiere, puede presentarse de mi parte. Y le agradeceré que me informe a la vuelta.
Ernesto llegó hasta el Presidente del Gobierno Central, donde repitió sus preguntas, obteniendo como respuesta, que todos los países del continente, formaban parte del Consejo Continental, el cual tenía a su vez un presidente.
Personado en el dicho Consejo, se enteró que el continente tenía firmadas unas alianzas con otros, y especialmente, con el país más poderoso del mundo, unos llamados Estados Unidos del otro continente, situado allende los mares, y que por supuesto, tenían a su vez un presidente.
- Entonces, si el país más poderoso del mundo tiene un presidente, éste debe ser el que yo busco – pensó, aplicando su lógica el barbero que, decidido, se dispuso a “cruzar el charco”.
- Buenos días, señor Presidente de estos Estados Unidos. Muchas gracias por recibirme. Por fin, creo que estoy delante de la persona que manda en el mundo – dijo Ernesto en cuanto obtuvo la audiencia - ¿sería Ud. tan amable de decirme…? – empezó una pregunta que no pudo terminar.
- Pero… no, por favor – le interrumpió con extrema amabilidad el gran mandatario – Ud. está mal informado. Yo no soy en modo alguno, la persona que Ud. cree. Es verdad que mi nación lidera el mundo libre, y yo ejerzo de presidente, pero soy solamente un ejecutivo. Aunque con cierta autonomía, tengo que ajustarme a lo que me mandan desde el Congreso, donde se decide todo por consenso.
Un poco cansado ya, y con más dudas que antes, se dirigió Ernesto al Congreso de los Estados Unidos del otro continente, solo para recibir como respuesta que, de allí emanaban instrucciones para el presidente, cierto, pero que, en lo concerniente a los asuntos internacionales, estas salían de consejos y deliberaciones que previamente se habían pactado, tanto con el Parlamento del continente vecino, como con otros aliados.
Decepcionado y aturdido pero “por si acaso”, se dirigió nuestro hombre al Parlamento de su Unión de Países, a ver si allí encontraba el nudo que se estaba haciendo en su mente, y la manera de desatarlo.
- Mire Ud., don Ernesto – le atendió muy amable un Alto Representante – sí que es verdad que de aquí salen las proposiciones que luego llegan a nuestros aliados, pero debe saber que lo que nosotros debatimos aquí, es lo que nos ha llegado del resto de Parlamentos, entre ellos el de su propio país.
Regresó el bueno del barbero a la capital de su nación, y fue al Congreso de los Diputados, donde se enteró que allí, se debatían los asuntos que previamente habían solicitado las autoridades regionales que, a su vez, recibían las propuestas de los alcaldes – Hay que joderse – pensó – y para esto tanta vuelta…
Mosqueado más que cabreado, pero de vuelta en su pueblo, llevó sus pasos a donde había empezado todo. Así que volvió a dirigirse a su alcalde:
- Joder, Paco. Perdona que, aunque cariñosamente, te diga que eres un cabrón. Pero es que, como sabes que yo no soy “de los tuyos”, me engañaste y me dejaste ir, nada menos que hasta el otro continente, solo para que me enterara que “los de arriba”, en realidad solo pueden hacer lo que les mandáis “los de abajo”. Es decir, que de alguna manera y, aunque no en solitario, tú sí eres uno de los mandan en el mundo.
- Válgame Dios, Ernesto – le dijo en un acto de paciencia el alcalde – Pero… ¿es que sigues sin enterarte de nada…? Cambia la forma de ver las cosas, hombre. Verás, efectivamente, en los países democráticos, los que de verdad mandan son, como tú dices, “los de abajo”. Pero joder, y perdona también tú, esos no somos nosotros, sino vosotros, los que nos votáis para que ostentemos un cargo.
- Así que – continuó el munícipe – si no te gusta cómo funciona esto, eres tú, junto con los demás, los que podéis cambiarlo siempre que, claro está, seáis los suficientes, pues esa es la única regla. Es decir, no busques culpables “de mí hacía arriba” sino en ti mismo y los que te rodean. Si votaseis con inteligencia y no por fanatismo, mirando vuestros intereses y no unos colores ni una propaganda, las cosas, estoy convencido, irían de otra manera.
- Por supuesto – siguió ilustrando el alcalde al muy asombrado y cada vez más pensativo barbero – Esto no quiere decir que no haya políticos mediocres, inútiles y hasta malvados y corruptos, que por supuesto que los hay. Lo que pasa es que no todos somos así. Además, a estos, tarde o temprano se les descubre y… ¡en vuestra mano está cambiarlos…!
- Mira Ernesto – dijo el político, en una muestra de su educación – Nos conocemos muchos años. Nunca hemos sido grandes amigos, pero conozco tu forma de pensar y la respeto, aunque desde luego no puedo compartirla. No pretendo convencerte de nada, pero ya que tú has empezado, me gustaría al menos que supieras, como veo yo el tema que te preocupa. ¿Puedes dedicarle unos minutos, a este humilde alcalde de pueblo al que nunca votaste…? – preguntó, aunque imaginaba la respuesta.
- Por supuesto, Paco, por supuesto – confirmó Ernesto - Es más, creo que quizá esto deberíamos haberlo hecho antes.
- Gracias, hombre. Y sí, es fácil que tengas razón, pero como nunca es tarde… - se dispuso a exponer el alcalde, ante la predisposición del otro – Mira, yo creo que sencillamente, en el mundo, mandar, lo que es mandar, no manda nadie. No porque a algunos no les guste la idea, ni porque nadie haya querido intentarlo, eso no. En el pasado, la historia nos habla de hombres notables, aunque no siempre buenos ni justos, que dominaron grandes imperios, pero nunca pudieron dominar el mundo, que siempre fue demasiado grande para una sola cabeza.
- Y en la actualidad, especialmente desde la última gran tragedia mundial, solo ha habido un intento serio, malvado pero serio, de conseguirlo, y cayó sin lograrlo, junto con las piedras del muro que lo simbolizaba. – aquí, el barbero hizo un gesto de fastidio, pero no interrumpió – Y, si esto sigue como va, me creo que ya será imposible lograrlo. Mira porqué digo esto:
- En el mundo actual existen dos clases de países: los democráticos y los que no lo son. En estos últimos, sus gobernantes andan ocupados, unos con más maldad que otros, en dominar lo suyo y, salvo excepciones, ni siquiera eso pueden. Es una pena por sus habitantes, pero no hay peligro para el mundo por ahí. Pueden, a veces, complicarnos un poco la vida, pero ahí se acaba su poder que, de todas formas, tampoco les durará mucho – se atrevió a pronosticar Paco -.
- En cuanto a los que empleamos la democracia en sus distintas variantes, - siguió, mostrando su erudición - ni hay interés en hacerlo, ni los pueblos se lo permitirían a sus gobernantes, y ejemplos hemos tenido unos cuantos. Hay, eso sí, intereses comerciales, industriales, económicos en definitiva, pero de ahí no se pasa, entre otras cosas, porque no es necesario ya. Y además, no interesa.
- Fíjate en lo siguiente, Ernesto: Los países democráticos, unos más y otros menos, pero todos más avanzados social y económicamente que los que no lo son, consumen mucho más de aquello que producen sus vecinos, que los países tiranizados. Así pues, aunque solo sea por egoísmo… ¿no te parece más inteligente intentar, que mediante la economía global se alcance la democracia, en lugar de lo contrario…? Porque puedes estar seguro que, conforme sube la economía de una nación, la democracia está más cerca – aseveró el político.
- Pero entonces, tú que tanto sabes – retó el peluquero - ¿porqué hay aquí tanta injusticia…? ¿tantas cosas mal hechas…? ¿por qué el dinero es el dueño de todo, incluso por encima de las personas…?
- Porque aún no hemos terminado nuestra labor, Ernesto. Aún nos queda, a los países libres, mucho trabajo por hacer. Pero estamos en ello. Lo que ocurre es que vamos por un camino y sí, le llevamos ventaja a los otros, pero aún no hemos alcanzado nuestra meta, pues para eso necesitaremos algunas generaciones más. También ocurre que, aunque trágico, es al tiempo reconfortante ver, que son los otros los que, cuando quieren mejorar, vienen ellos hacia aquí y no al contrario. Digo yo que será por algo. Porque si tan malo e injusto te parece esto, “échale un vistazo al retrovisor” y compara – expuso el alcalde con cierta tristeza -.
- Y en cuanto al dinero – quiso poner las cosas en su sitio el edil – por favor, Ernesto. No le eches la culpa a lo que no la tiene. El dinero es solo una herramienta en nuestras manos. Las personas, Ernesto, las personas somos las únicas responsables de lo que hacemos.
- Eso es verdad, sobre todo algunas personas, unas pocas personas en el mundo, que son precisamente las que manejan el dinero – quiso recuperar posiciones el barbero de ideas radicales – me refiero, claro, a los banqueros, a las grandes empresas multinacionales, a grupos de interés como los judíos, etc., que hacen y deshacen a su antojo. Y que al final, son los que mandan, incluso por encima de los gobiernos.
- Hala, halaaa… ya te has disparado – comentó divertido Paco, preguntando a continuación – Pero… ¿no quieres darte cuenta que el dinero lo manejamos todos, cada uno a nuestro nivel, y que cada uno a nuestro nivel, actuamos más o menos de la misma forma…? Mira, si sigues convencido de que aquí, en el mundo, hay unos que dan instrucciones precisas y otros que las siguen, te sugiero que intentes con “los del dinero” lo que has hecho con “los de la política”. Puedes, si quieres, comenzar por el director de la Caja de Ahorros de aquí y a ver a donde llegas. Aunque creo que el resultado no iba a ser muy distinto del otro.
- Puedes reírte si quieres, alcalde – le dijo sin mosqueo el barbero – Pero es bien sabido que esos grupos existen y… no solo existen, sino que mandan mucho, porque son los que están en la cúspide de la pirámide – quiso salirse con la suya Ernesto.
- Joder, Ernesto, lo tuyo es fuerte – contradijo – Pero… ¿de qué pirámide hablas…? ¿no has podido comprobar tu mismo, que la organización del mundo democrático no es para nada una pirámide, sino más bien una pelota, igual que el mismo planeta…? Por tanto no puede haber cúspide. Aquí, como te he dicho antes, cada uno mira por sus intereses y luego, entre todos, hacemos que esto se mueva.
- En cuanto a lo de los judíos mira, yo no los voy a defender, que ya lo hacen bien ellos solitos, pero… ¿no te parece que ya está bien de acusarlos de todo…? – quiso ser justo el político - Porque vamos, si desde el principio de los tiempos, como dice vuestra famosa “Teoría de la Conspiración” están intentando dominar el mundo y, en cinco mil años que tiene su cultura no lo han conseguido, lo que parece es que no son tan listos, ni tan poderosos, ¿no te parece…? – dijo con algo de sorna - Porque vamos, lo único que han conseguido hasta ahora a lo largo de la historia, es ser perseguidos, expropiados por gente ambiciosa o tramposa, y expulsados de un montón de sitios. En algunos, más de uno, incluso ser exterminados en masa. Ahora, cuando aunque sea “metido con calzador” han logrado tener un estado propio, que por cierto es el único democrático de la zona, es cierto que a veces “se pasan de dureza”, en algunas acciones de defensa o de réplica, pero es que, joder, me gustaría saber lo que harían otros en su lugar.
- O sea, que entonces, según tú – quiso terminar Ernesto – la idea que tenemos tanta gente es una tontería sin sentido ¿no…?
- Hombre, desde luego yo no lo diría así, y menos faltando poco para unas elecciones – sacó Paco su vena política, con una pícara sonrisa – aunque aún no sé si me volveré a presentar. Yo solo he querido ser un poco más amigo tuyo, y que sepas lo que pienso del tema que te preocupa, es decir, que si esto tiene que mejorarlo alguien, solo nosotros podemos hacerlo, porque:
En el mundo… ¡¡ No manda nadie…!!
Pater don Mati. Junio de 2011.
don.mati.n.p@gmail.com
En este cuento, intelectualidad, si la hay, será poca. Pero tiene propietario. Así que estás autorizado a leer, reenviar, copiar e incluso publicar el texto siempre que cites autor, y me mandes un eMail diciendo donde lo haces. ¿Vale...?
Pero modificarlo no, así que por favor, no jodas.
Muchas gracias.
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