Todos sin faltas…
La libertad consiste en ser iguales ante la Ley.
Ser “igualados por la Ley”, es justo lo contrario a la libertad.
Hubo una vez un país, que tenía una ministra de cultura.
Esta mujer, culta ella, bienintencionada ella, tenía una gran preocupación: el pueblo, a cuyo gobierno estaba, no era culto. No era de ella la culpa, claro, pues el asunto venía de lejos. Pero ella era la responsable ahora, y los resultados no eran desde luego para ponerse medallas. Incluso lo que es peor, después de acceder ella al cargo, continuaban “avanzando hacia atrás…”
Era aterrador comprobar que, no solo las personas poco instruidas, no. No solo los escolares de primera enseñanza, tampoco. Lo que en realidad era “para chillar”, fue ver que, incluso licenciados universitarios en “carreras de letras”, no digamos los de ciencias… ¡¡Cometían muchas y graves faltas de ortografía…!! Además, según todos los informes internacionales… ¡¡Tampoco tenían buena comprensión lectora..!! Vamos… una auténtico desastre, que solo aumentaba el ya grande desprestigio del gobierno del que formaba parte.
La causa de todo eso era que, entre las regiones donde no se estudiaba la lengua nacional, la manía de los jóvenes de economizar con las nuevas tecnologías, y la apatía de los ciudadanos, que no daban importancia a estas cosas, pues mucha gente, incluidos hasta los profesionales de la pluma y la voz, cometían errores garrafales. Vamos, que después de tantos años de enseñanza obligatoria y “gratuita”… ¡¡La gente ni sabía escribir, ni comprendía lo que leía…!!
Que se perdían puestos de trabajo porque muchos, incluso como se ha dicho, los titulados, “no daban la talla”. Y, mientras todo esto pasaba, la propaganda oficial los calificaba como “la generación mejor preparada de la historia”, que puede que fuese verdad pero…
Convencida de que tenía que hacer algo, se puso manos a la obra.
Pero claro, eso no podía ser labor personal de una ministra cuya misión principal, entendía ella, al igual que entendían el resto de sus colegas de gabinete, era dar instrucciones que se transmitiesen en cascada y salir en los medios, a ser posible criticando a la oposición.
Así que mandó buscar a alguien perteneciente al gobierno que, aunque fuese en otro ministerio, hubiese tenido una trayectoria de éxito reconocida públicamente.
Sus subordinados no tardaron mucho en encontrarle un nombre pues, salvo en la propaganda, no había mucho donde mirar.
Pero existía. Existía un director general que, desde el principio de su nombramiento, había ido de éxito en éxito y lo que es mejor, pese a “algunas cosillas”, la mayoría del pueblo estaba de acuerdo con sus métodos. Vamos, que gozaba de lo que se llama “buena prensa”.
Así que lo mandó llamar. Algo a lo que el otro, olfateando la posibilidad de “un nuevo triunfo” y quizá un ascenso, no tardó en acudir. Así, en pocos días, tuvo lugar en el despacho de la Ministra de Cultura, la siguiente entrevista:
- Buenos días, señora ministra.
- Buenos días tengamos. Pero anda, déjate de protocolos y siéntate.
- Muchas gracias. Bueno, pues… tú dirás.
- Claro – empezó la ministra - Vayamos “al grano”. Te he mandado llamar porque ando preocupada por un asunto y me gustaría saber si tú, que tanto éxito has tenido en tu actual cometido, te harías cargo de un tema que considero muy importante, de hecho, bastante más que el tuyo actual, aunque aquí no hayan muertos que evitar. Pero sí es grave. Nos jugamos nuestro prestigio como país de antigua cultura.
Aunque procuró no expresarlo, el llamado dejó que una sensación de alegría recorriese su cuerpo, pero era obligado ser modesto. Así que respondió:
- Bueno, el éxito no ha sido solo mío, ha sido de todos. Todo el equipo ha colaborado y medios no han faltado. Quizá los encargados del “trabajo de campo” han estado un poco más escasos, sobre todo en el tema de sus sueldos, pero con su espíritu militar…
- Nada, nada, si no quiero explicaciones – dijo la ministra – y está bien que seas modesto, pero los méritos hay que saber reconocerlos y el tuyo salta a la vista.
- Bueno, muchas gracias. Y… ¿qué es lo que quieres proponerme…? – inquirió “la estrella”.
- Te lo digo. Verás… Ocurre que estoy recogiendo muchas críticas, de esas oscuras, larvadas, de las que no hacen ruido, pero que son las peores, pues la gente con la que normalmente me relaciono, ya sabes, rectores de universidades, científicos, catedráticos, artistas y todo eso, me miran como a una inútil. Como a otra que tampoco ha hecho nada más que cobrar y…
- Bueno, tampoco debes darle tanta importancia a las críticas – se atrevió a interrumpir el otro - tu sabes que los puestos políticos…
- Si, si, ya sé que eso va en el sueldo – volvió a coger la palabra la ministra - Pero no es solo eso. Es que yo misma no estoy conforme con lo que veo. Y quiero hacer algo.
- Ah, bueno. Eso es otra cosa. Dime entonces de qué se trata – quiso saber “el solucionador”.
- Por supuesto. Te lo digo de un tirón… quiero conseguir que la gente no cometa tantas faltas de ortografía – le espetó la responsable de la cultura -. ¿Te ves capaz de cumplir un encargo semejante…?
- Vaya – contestó algo sorprendido y magnificando el asunto a su favor el director general – la verdad es que el tema no será fácil. El pueblo lleva muchos años haciéndolo mal y…
- Déjate de pretextos – interrumpió ahora la superior - También se llevaba mucho tiempo haciendo mal lo que tú te has encargado de corregir en pocos años…
- Si, ya, pero como te he dicho he contado con muchos medios… mucha propaganda… - se excusó el otro – y mucho respaldo… por otro lado…
- Mira, y perdona que te interrumpa... Medios los vas a tener todos, y respaldo aún más, pues si aceptas, vas a ser el segundo en el Ministerio. Con todo lo que eso conlleva – puso el cebo ella -. Y no tendrás que pedir. Solo tendrás que disponer.
El llamado casi se atraganta de placer al tragar saliva. Pero logró disimularlo.
- Bueno… la verdad es que es un honor el que me haces. Y por supuesto acepto encantado, aunque tendré que cumplir con mi cometido actual, buscar un sustituto, ya sabes... Pero vamos, acepto. De hecho ya, mientras hablamos, se me están ocurriendo algunas ideas. Si te parece podríamos comenzar por…
- No, no, no, por favor –volvió a interrumpir la ministra, que ya empezaba a verse como la “triunfadora para la historia, la que había acabado con un mal endémico…” – A mí no me expliques nada pues el asunto es cosa tuya. Ven cuanto antes y empieza. Yo te prepararé la entrada y por lo demás, solo quiero resultados… ¿estamos de acuerdo…? - Y se levantó tendiendo la mano.
Pasó el tiempo. No mucho, teniendo en cuenta lo que estas cosas suponen en la administración pública. El necesario para cumplir la legalidad en el cambio de cargos y… “la maquinaria de la efectividad se puso en marcha…”.
Es verdad que a las pocas semanas, empezaron a llegarle a la ministra ciertos comentarios. Pero ella no hizo caso. Sabía lo que suponía para muchos, que en todos los ministerios “están a la espera…” tener que aceptar que llegue uno nuevo y “se cuele por el balcón de arriba…” Ya se cansarán… pensó.
Pero no se cansaron. Fueron en aumento. Empezó a preocuparse cuando notó que algunas de las personalidades con las que de vez en cuando compartía un acto, la miraban de una manera rara. Incluso sorprendió a uno de sus incondicionales, haciendo a otro el gesto de llevarse el índice a la sien y moverlo un poquito, mientras señalaba al despacho de ella.
La alarma de verdad fue cuando lo leyó en la prensa. Y en grandes titulares de la primera plana. Las tertulias mañaneras de radio y televisión no hablaban de otra cosa. Cuando se “metió en harina” y leyó editoriales y columnas de opinión, un sudor frío le recorrió el cuerpo.
Furibunda, llamó a sus más próximos, pero… - “te lo estábamos diciendo, ministra…” – fue lo que escuchó en la voz de todos, mientras se encogían de hombros y trataban de “ahuecar el ala” lo más rápidamente posible.
Descompuesta ya, hizo llamar al “responsable”, que ahora no estaba lejos.
Éste acudió, con la cara seria pero sin síntomas de arrepentimiento.
La ministra, sin levantarse ni saludar, y con dos o tres periódicos abiertos en el escritorio, se limitó a mirarlo fijamente y señalarle la silla al otro lado de la mesa…
Tras unos minutos de silencio que se podía cortar, la titular de la cartera, paseando la vista de su subordinado al balcón y vuelta, se limitó a preguntar… - ¿Y bien…? -.
- Y bien… ¿qué, jefa…? - preguntó a su vez el otro, con la confianza que ya había adquirido y, curiosamente para ella, con naturalidad, sin un atisbo de la culpabilidad que cabría esperar.
- ¿Cómo que… qué? ¿Pero tú has leído la prensa…? ¿has escuchado la radio…? – volvió a preguntar la ministra, que no daba crédito a tal frialdad con lo que para ella era un problema de primera magnitud.
- Pues claro que he leído la prensa… Lo hago cada día… La radio no. Los considero unos “folloneros”. ¿Pero, qué…? No me irás a decir que estás asustada por los titulares. Porque yo solo estoy cumpliendo lo que me encargaste… - explicó el citado.
- ¿Queeeé…? – no pudo reprimir ella la subida de tono. ¿Qué yo te he encargado que digas que vamos a declarar prohibida la lectura y la escritura en el país…? Pero… ¿es que te has vuelto loco…? ¿Cuándo, dime, cuando te he dicho yo eso…?
- No, no. Eso no. Y de hecho, no pienso hacer algo así, pero que se comente en los medios, sí que es la primera parte de mi plan. Porque sí debes recordar que me diste “manga ancha” para hacer las cosas como yo sé, y es lo que he hecho – explicó – Básicamente se trata de aplicar, adecuándolo, el mismo programa que apliqué cuando era Director General de Tráfico, y entonces tuve todo el respaldo de mi anterior ministro. Recuerda que intenté decírtelo, pero no quisiste escucharlo…
- Creo que me voy a volver loca, si no lo estoy ya – reflexionó, tratando de calmarse - ¿Me estás diciendo que como director del tráfico, prohibiste a la gente conducir…?
- No, por favor, claro que no. – empezó a explicarse - Eso sería imposible, como imposible será que dejen de leer y escribir, pero por favor, cálmate que te explico ahora el método que aplicamos allí y que quiero, con ciertas variaciones, claro, repetir aquí. Escucha:
- Allí, primero se empezó con una campaña tremenda, terrorífica, sobre los accidentes y sus consecuencias. Es verdad que algo se manipularon las estadísticas – confesó, sabiendo que nadie los oía - pero nada importante. Conseguimos con eso que la gente tuviese miedo, que es imprescindible para que te hagan caso.
- Después – continuó – hicimos caso omiso de algunos que se calificaban de expertos a los que, cuando se les consultó, nos aconsejaban que arreglásemos bien las carreteras y, al mismo tiempo, mediante campañas y programas de formación inteligentes, fuésemos enseñando a la gente la forma correcta de conducir, premiando a los más buenos y hábiles, que de alguna manera servirían de ejemplo, consiguiendo progresivamente elevar el nivel de habilidad de los conductores y, como consecuencia, una disminución de las víctimas.
-
- Por supuesto – explicó - no hicimos nada de eso, que habría resultado muy caro, lento, de resultado incierto y sobre todo que, de tener éxito, no sería atribuible a nosotros.
- Así que – siguió, ante la cara inexpresiva de “su jefa” – optando casi por lo contrario, buscamos y encontramos a una culpable perfecta, porque nunca se defendió: la velocidad. Que fue el chivo expiatorio, descargando de culpas a la falta de habilidad de muchos conductores, y a las vías que sabemos deficientes, tanto por estado como por señalización. Con esto, - dijo después, demostrando un buen conocimiento social - obtuvimos la colaboración tácita de la gran masa de conductores poco hábiles, que no están dispuestos a mejorar, pero sí a calificar de locos a “los otros”, sobre todo si corren más que ellos, o llevan mejores vehículos. Ya sabes, aplicamos aquello de “divide, y…”
- A continuación, exageramos las medidas de vigilancia y represión, precisamente en los sitios donde había poco peligro, pero mucha circulación lo que, de paso, - expuso, haciendo un gesto restregando los dedos, que buscaba complicidad - vino muy bien para la financiación. Y lo bueno del caso es que los infractores, que en su inmensa mayoría lo eran por excesos nada peligrosos… ¡Se sentían culpables y pagaban…!
- Cargamos también las tintas – siguió explicando - sobre un colectivo pequeño y odiado como el de las motos, y sobre el consumo de alcohol, poniendo unos límites ridículos que casi nadie podía cumplir, pero que tampoco nadie discutiría para evitar el reproche social. Claro, sabemos que los indeseables que de verdad beben en exceso, lo van a seguir haciendo, pero…
- Y bueno, hicimos también otras varias cosas, pero son de menor calado – se mostró ahora despectivo -.
- Ahora – terminó su “iluminada explicación” – ya sabes el resultado. En realidad la gente sigue sin saber conducir bien, pues lo que hemos hecho es igualar a todos por abajo. Tampoco las vías han mejorado mucho sobre lo que había pero, aunque con algunos “retoques” a las estadísticas de vez en cuando, como las víctimas han bajado de verdad, pues somos unos triunfadores. Casi, casi, los únicos con resultados positivos del Gobierno. Y no lo digo yo, lo dice esa misma prensa que tanto te alarma…
- ¡¡Pues este modelo es, convenientemente retocado, el que me propongo aplicar para conseguir el objetivo que me encargaste…!! ¿Lo entiendes ahora…? – preguntó, crecido y suficiente.
- Estupefacta ante tanto cinismo, la ministra quiso saber - Ya. Y… ¿Cómo piensas actuar aquí…? ¿Por eso has empezado por anunciar que vamos a prohibir la lectura y la escritura…?
- Bueno, no exactamente. Eso son titulares de algunos medios, que ya sabes lo sensacionalistas que son, pero que en realidad nos vienen bien para nuestro objetivo – reconoció el cínico – En realidad, lo que yo les he dicho es que, ante la alarmante degradación del uso de nuestra lengua, trataremos de poner medidas, aunque esperamos no tener que llegar a eso. Luego ellos… ya sabes.
- Después, claro está – continuó su explicación – tendremos que seguir un programa que ya se está elaborando, por el cual, al final y pese a “haber lanzado el globo sonda”, no prohibiremos leer, pues eso no le hace daño a nuestro objetivo y mira, allá ellos si no comprenden lo que leen... Pero la rectificación de no prohibir la lectura seguro que nos será agradecida, con lo que además quedaremos como buenos.
- Otra cosa, quizá, haya que hacer con la escritura – dijo, intentando convencer - que tendrá que someterse a ciertos controles y penalizaciones. De esta manera, no sabemos si los del pueblo aprenderán más, pues hay gente que es muy cafre, pero por fuerza, seguramente se escribirá menos y, los que lo hagan, es prácticamente seguro que lo harán dentro de las reglas o, de lo contrario…
- Pero vamos, lo que está meridianamente claro – ahora ya la cara se le iluminó pensando en el “nuevo éxito” – es que llegaremos a la meta que tú querías, pues… ¡¡Habrán, seguro, menos faltas de ortografía…!!
No se sabe con exactitud qué hizo después la ministra.
Lo que sí se sabe es que aquel que había sido Director General, con poder para poner en jaque a todo un país, y después vice-ministro, desapareció un buen día y nadie, al menos oficialmente, ha vuelto a saber nada de él.
Pater don Mati. Junio de 2011.
En este cuento, intelectualidad, si la hay, será poca. Pero tiene propietario. Así que estás autorizado a leer, reenviar, copiar e incluso publicar el texto siempre que cites autor, y me mandes un eMail diciendo donde lo has hecho. ¿Vale...? Pero modificarlo no, así que por favor, no jodas. Muchas gracias.
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